Un niño, que hubiera podido ser mi hijo, no llegaba a adolescente todavía, se sentó a mi lado a escuchar. Al cabo de un rato me pidió la guitarra y fui entonces yo quien tuvo el placer de disfrutar el arte de un muy joven virtuoso.
Cuando me la devolvió, segui tocando, un poco avergonzado, pues en cuanto a maestría musical, yo hubiera podido ser el hijo y él, el padre.
Amablemente quedó escuchando algunas de mis canciones, entrelazadas por trazos de conversación. Al partir se despidió con palabras de ánimo.
-Sigue practicando,- me dijo -eres un buen guitarrista.-
No hay comentarios:
Publicar un comentario