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Un día, Carlos, que era un par de años mayor que el niño rubio, le dijo, que si se encontraba en la calle con los niños militares, no jugara con ellos y le contó lo que les había pasado a Pablo y a él el día anterior.
Un día, Carlos, que era un par de años mayor que el niño rubio, le dijo, que si se encontraba en la calle con los niños militares, no jugara con ellos y le contó lo que les había pasado a Pablo y a él el día anterior.
Dando un paseo por el parque que hay
cruzando la calle Colombia, se habían topado con un grupo de cinco o
seis niños militares y estos les habían propuesto jugar juntos.
Pablo y Carlos preguntaron que de qué iba el juego y les explicaron
que de caza. La propuesta les pareció interesante y acompañaron al
grupo de niños a un callejón solitario, invadido siempre por un
fuerte olor a disolvente, procedente de una chapistería donde se
lacaban los vehículos reparados. El callejón estaba repleto de
coches abollados. Llegados al callejón, Carlos y Pablo fueron
rodeados. Carlos, asustado, preguntó “¿Pero qué vamos a cazar?”
“Pues vamos a cazar rojos,” le
contestó el cabecilla del grupo “venga tú, grita tres veces, bien
fuerte, Arriba España.” Después de que Pablo tuviera que gritar
“Viva Cristo Rey”, Carlos y Pablo huyeron, perseguidos por una
jauría de niños. El grupo de niños pasó corriendo por delante de
un paredón, sobre el que una pintada, de grandes dimensiones,
durante años anunció a todos los visitantes del parque:

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