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viernes, 24 de abril de 2026

Más vale morir con honra que vivir en vilipendio

Recuerdo a la señorita África a mediados de los ochenta como casi una anciana. Su edad real era un misterio. No sé cómo no nos descojonábamos cada vez que la llamábamos señorita.

La señorita África era binaria.
Entraba en clase, se sentaba, abría el libro de historia y geografía y, a continuación, había dos opciones, 0 o 1.

La opción 1 era leer la lección.
Iba nombrando alumnos, y al que nombraba, leía un rato la parte de la lección que tocase.

La opción 0 era corregir los deberes.
Corregir los deberes era lo mismo que leer la lección, pero sin libro.
Iba nombrando alumnos y estos recitaban de memoria la lección. Bueno, los espabilados disimuladamente leían la lección del libro escondido sobre su regazo.

En la asignatura de castellano, la señorita África dirigía nuestra mirada hacia lejanos horizontes. Nada de memorizar lecciones. En castellano se aventuraba a probar arriesgados ejercicios de creatividad. Recuerdo una ocasión en la que puso como deberes una redacción sobre el tema "Más vale morir con honra que vivir en vilipendio". Yo, como soy bastante pardillo, solía memorizar las lecciones de geografía y hacer las redacciones. En esta redacción defendí vivir en vilipendio. Además de pardillo debo ser algo gilipollas. El caso es que en la hora en la que corregimos los deberes, no me tocó a mí leer la redacción, pero sí a mi compañero de mesa, Frank Joswig. Frank, que era espabilado, me dio un toque y le pasé mi cuaderno. Empezó a leer mi redacción, pero a medida que iba leyendo, densos nubarrones iban oscureciendo el semblante de la señorita África. Frank fue leyendo cada vez más lento, intentando anticipar el desenlace, hasta que, a media redacción, le dijo a la señorita África, que él no estaba de acuerdo con lo que había escrito, que prefería morir con honra. El sol volvió a brillar sobre África.

 

Enseñanza entre dos guerras