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martes, 26 de mayo de 2026

Trump's deals

 A deal made by Donald Trump is, by Donald's definition, always a good deal ... for Donald.

 

Hey, what do you want, he can't please everybody!!! 

jueves, 7 de mayo de 2026

Identidades

Estaba pensando estos últimos días sobre nuestras identidades. Mis amigos, durante los años que fuimos a la escuela, han pertenecido a dos grandes grupos, los alemanes y los españoles. Los alemanes no es que fueran alemanes de verdad, pero hablaban alemán e iban al colegio alemán. De hecho, cuando fui a estudiar a Alemania en el '86, me dí cuenta de que, aunque hablaba alemán perfectamente, no entendía el humor alemán.  Fueron necesarios unos cuantos años de vivir en Aachen, antes de que pudiera reirme con Loriot (https://youtu.be/vVeM4Z56Zm8?si=eC26tFp4JlWEYlgy). 
En el cole, había diversos grupos de alumnos. El más numeroso era el de madre alemana y padre español. Muchas de nuestras madres eran de religión protestante y comenzaron a vivir en Madrid a finales de los '60. Eran bichos raros en el ambiente nacional católico de la época. Supongo que por eso se juntaban mucho entre ellas, creando un grupo de madres alemanas, que durante años se encontraban en el parque de Berlín, a donde llevaban sus hijas e hijos a jugar. Años más tarde hubo una escisión de ese grupo, que coincidía en el parque del instituto Santamarca. 
El segundo grupo de alumnos mayor en número debían ser los de madre y padre español, principalmente los E Klässler. Ellos eran como mis amigos españoles, sólo que hablaban alemán. Antes de la décima clase apenas tuve contacto con ellos, vivíamos en mundos separados, a pesar de estudiar en el mismo colegio. Era bastante extraño. En décimo, por fin, se produjo la mezcla. 
Mis amigos españoles, los domingos iban a misa, la mayoría seguramente hubiese preferido quedarse jugando, pero sus padres los obligaban. Todos estaban bautizados y hacían la primer comunión. Yo no tenía mucho interés, ni en que me bautizasen, ni en hacer la primera comunión, pero mi madre insistió en que era importante y necesario, sin que yo llegara a entender el porqué.
Mi madre leía una revista alemana para mujeres. En esta revista se publicaban anuncios de cosméticos, perfumes, jabones, en los que aparecían mujeres aplicándose los productos. Mujeres, que mostraban las piernas, los brazos, la cara o la espalda. Los chavales mayores del patio me pedían que les trajera las hojas con los anuncios.
Otros niños de vez en cuando me llamaban nazi. A veces parecía un insulto, otras un elogio.

Mis amigos españoles merendaban exquisitos bocadillos de pan de barra con chorizo o chocolate. Mi madre opinaba que el pan blanco era malísimo. Me preparaba merienda de pan negro (Pumpernickel) con mantequilla y miel. Curiosamente mis amigos españoles se pirraban por el asqueroso Pumpernickel con miel y mantequilla, así que intercambiabamos los bocatas.
En general, ni me siento alemán, ni me siento español, pero en ocasiones sí. Cuando España se unió a la coalición para atacar e invadir Irak, sentí verguenza. Cuando Angela Merkel abrió las puertas a los sirios admiré a los alemanes.

Es difícil decir algo que tenga un mínimo de significado, sin que tenga una connotación política.

Anécdotas de la Sra. Ortiz

Los viernes, con la Sra. Ortiz, hacíamos hora de lectura. Para elegir la lectura nos dejó hacer propuestas y alguien propuso La Profecía (The Omen) de David Seltzer. Lo que no entiendo es cómo la Sra. Ortiz permitió que se leyera en clase una historia de terror con el anticristo como protagonista. Antes de leerla en clase, ella la leyó en casa, marcando a lápiz los párrafos que consideró inapropiados para nosotros, chicas y chicos de unos trece años. El protagonista, Damien, es el satánico hijo de una pareja, cuya vida se convierte en una pesadilla. Hay muertos a punta pala, la niñera de Damien se suicida durante la celebración de su quinto cumpleaños, Damien hace abortar a su madre antes de asesinarla. Intenta asesinar también a su padre y se carga a toda una tropa de personajes secundarios. Cada una de las muertes se describe minuciosamente, los detalles escabrosos adornan el relato. No recuerdo cuántos viernes disfrutamos de la edificante lectura, pero debieron ser bastantes. Lo que sí recuerdo es que la Sra. Ortiz intentó proteger nuestras delicadas almas de lo peor, ayudándose de los párrafos censurados. 

¿Qué es peor que matar, torturar, aterrorizar o satanizar? 

Obviamente follar.

Todos los párrafos en los que hubiese la más leve alusión a una escena de sexo, estaban marcados por el lápiz censor, lo que no impedía que algún travieso lector ignorase el lápiz. Entonces la Sra. Ortiz preguntaba ¿Javier, pero eso no está marcado? y Javier, con inocente sonrisa, respondía que no.    

Y a propósito de la Sra. Ortiz, se me ocurre otra anécdota.

Después del patio, antes de que el profe llegara a la clase, o durante los cambios de clase, cuando habiendo salido un profesor, pasaban unos minutos antes de que llegara el siguiente, en los grupos con edades entre los 12 y 15 años, se producían verdaderas batallas campales. Toda la tensión acumulada durante las horas de forzada inmovilidad se descargaba en esos minutos. El espacio aéreo del aula se saturaba de los más diversos proyectiles, predominando los trozos de tiza y las bolas de papel. Por las ventanas y la puerta, abiertas, se perdía parte de la munición, la esponja mojada causaba estragos en las filas enemigas. A veces, al acercarse a la clase, la  profe era alcanzada en el rellano. Creo que fue este el motivo por el que la Sra. Ortiz me detuvo y acusó de alteración del orden. La condena fue inmediata. "Ahora mismo te llevo a la directora", creo que era la Sra. Molina. 
Hostia, a la directora. Nunca había sufrido la pena capital. Seguí cabizbajo a la Sra. Ortiz escaleras abajo, intentanto frenar su paso firme. Nos acercamos al pasillo largo que daba a la sala de profes y al despacho de la directora. Los profes con los que nos cruzábamos me echaban miradas entre compadecientes y maliciosas. La tierra se negaba a tragarme. Llegamos ante el despacho de la directora.¿Me ofrecería la Sra. Ortiz una venda antes de entrar, un último pitillo? Abrió la puerta, me miró fijamente y me dijo: "Siéntate en esa silla", señalando a una silla que había en el pasillo frente al despacho. Dejó la puerta entreabierta al entrar. Durante los siguientes cinco minutos fui testigo de una amena conversación entre la Sra. Ortiz y la Sra. Molina. Parecían ser muy amigas y tener mucho de qué hablar. Finalizada la puesta al día, la Sra. Ortiz y yo volvimos a clase. Quedé bastante desconcertado y algo decepcionado por la informalidad de esta profesora.