Los viernes, con la Sra. Ortiz, hacíamos hora de lectura. Para elegir la lectura nos dejó hacer propuestas y alguien propuso La Profecía (The Omen) de David Seltzer. Lo que no entiendo es cómo la Sra. Ortiz permitió que se leyera en clase una historia de terror con el anticristo como protagonista. Antes de leerla en clase, ella la leyó en casa, marcando a lápiz los párrafos que consideró inapropiados para nosotros, chicas y chicos de unos trece años. El protagonista, Damien, es el satánico hijo de una pareja, cuya vida se convierte en una pesadilla. Hay muertos a punta pala, la niñera de Damien se suicida durante la celebración de su quinto cumpleaños, Damien hace abortar a su madre antes de asesinarla. Intenta asesinar también a su padre y se carga a toda una tropa de personajes secundarios. Cada una de las muertes se describe minuciosamente, los detalles escabrosos adornan el relato. No recuerdo cuántos viernes disfrutamos de la edificante lectura, pero debieron ser bastantes. Lo que sí recuerdo es que la Sra. Ortiz intentó proteger nuestras delicadas almas de lo peor, ayudándose de los párrafos censurados.
¿Qué es peor que matar, torturar, aterrorizar o satanizar?
Obviamente follar.
Todos los párrafos en los que hubiese la más leve alusión a una escena de sexo, estaban marcados por el lápiz censor, lo que no impedía que algún travieso lector ignorase el lápiz. Entonces la Sra. Ortiz preguntaba ¿Javier, pero eso no está marcado? y Javier, con inocente sonrisa, respondía que no.
Y a propósito de la Sra. Ortiz, se me ocurre otra anécdota.
Después del patio, antes de que el profe llegara a la clase, o durante los cambios de clase, cuando habiendo salido un profesor, pasaban unos minutos antes de que llegara el siguiente, en los grupos con edades entre los 12 y 15 años, se producían verdaderas batallas campales. Toda la tensión acumulada durante las horas de forzada inmovilidad se descargaba en esos minutos. El espacio aéreo del aula se saturaba de los más diversos proyectiles, predominando los trozos de tiza y las bolas de papel. Por las ventanas y la puerta, abiertas, se perdía parte de la munición, la esponja mojada causaba estragos en las filas enemigas. A veces, al acercarse a la clase, la profe era alcanzada en el rellano. Creo que fue este el motivo por el que la Sra. Ortiz me detuvo y acusó de alteración del orden. La condena fue inmediata. "Ahora mismo te llevo a la directora", creo que era la Sra. Molina.
Hostia, a la directora. Nunca había sufrido la pena capital. Seguí cabizbajo a la Sra. Ortiz escaleras abajo, intentanto frenar su paso firme. Nos acercamos al pasillo largo que daba a la sala de profes y al despacho de la directora. Los profes con los que nos cruzábamos me echaban miradas entre compadecientes y maliciosas. La tierra se negaba a tragarme. Llegamos ante el despacho de la directora.¿Me ofrecería la Sra. Ortiz una venda antes de entrar, un último pitillo? Abrió la puerta, me miró fijamente y me dijo: "Siéntate en esa silla", señalando a una silla que había en el pasillo frente al despacho. Dejó la puerta entreabierta al entrar. Durante los siguientes cinco minutos fui testigo de una amena conversación entre la Sra. Ortiz y la Sra. Molina. Parecían ser muy amigas y tener mucho de qué hablar. Finalizada la puesta al día, la Sra. Ortiz y yo volvimos a clase. Quedé bastante desconcertado y algo decepcionado por la informalidad de esta profesora.
jueves, 7 de mayo de 2026
Anécdotas de la Sra. Ortiz
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