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Claro, esas cinco flechas eran las que el águila de la bandera aguantaba bajo su ala derecha, aparecían también en monedas, monumentos y en las pintadas sobre las paredes del barrio.
El barrio que sus padres habían elegido para vivir era modesto, en aquella época, pero era un barrio bien, donde iniciaban su vida conyugal muchas parejas jóvenes, con ilusión, esperanza y ambiciones. Algunas de las viviendas de protección oficial fueron adjudicadas a personas afines al régimen, las restantes sorteadas entre solicitantes que cumplían los requisitos económicos para acceder a ellas y cuyo expediente los desvinculase de cualquier actividad política. Este último requisito, que no figuraba en ningún escrito, todo solicitante lo conocía y los que no lo cumplían, se abstenían de solicitar piso de protección oficial.
La calle Colombia es perpendicular y bocacalle de una gran avenida, que entonces se llamaba General Mola, hoy Príncipe de Vergara.
Vecinos a las viviendas de protección oficial, se construyeron edificios para familias de militares. Los conjuntos de dos o tres edificios disponían de patios comunes, en los que, a la vuelta del cole, jugaban los niños.
El patio de los niños de protección oficial daba al de los niños militares, un muro bajo sobre el que se alzaba una valla los separaba. Los niños de uno y otro lado se conocían de vista , conversaban de vez en cuando, pero nunca llegaron a compartir juegos.
El chaval que lloraba apoyado en la ventana del tren, era entonces un niño rubio. Una noche, su padre, al volver del trabajo, le trajo un regalo. Eran dos pequeñas banderas de papel, de equipos de futbol, una del Atlético de Madrid, otra del Bilbao. Al día siguiente, el niño rubio bajó corriendo los cuatro pisos, para mostrar a sus amigos del patio las banderas. Los niños jugaron un buen rato con las banderas de alegres colores. Aun no tenían edad para saber a qué equipos representaban. Ellos jugaban al futbol cada día en el patio de casa y del cole, pero pocos tenían televisor en casa. Las banderitas también llamaron la atención de los niños del patio vecino, sobre todo la de los chavales mayores que, a través de la verja, llamaron al niño rubio para que les dejase ver las banderas.
El niño rubio los conocía a ellos y a sus hermanos menores. Cuando la pelota de los niños militares había caído en su patio, los niños de protección oficial la habían devuelto, lanzándola alto, por encima de la valla, al lado militar. Alguna vez se habían intercambiado juguetes, cromos o golosinas.
Cuando los chavales tuvieron las banderas, comenzaron a comportarse de forma muy extraña. Empezaron a gritar, a tirarse las banderas los unos a los otros, decían cosas incomprensibles, las tiraron al suelo y las pisaron.
El niño rubio, asustado al otro lado de la valla, les pidió que le devolvieran las bonitas banderas que su padre le había regalado. Pero ellos siguieron gritando y pisoteándolas hasta que se cansaron y marcharon.
Al cabo de un rato vino uno de los niños militares. Vino solo y devolvió al niño rubio los restos de papel que quedaban por el suelo.
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