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Volvimos a aguantar dos días antes de llegar por fin a un lugar donde
nos sentimos a gusto en todos los sentidos, el cámping en una sierra
llamada Eifel, a unos 80 km de Colonia. El viaje al cámping fue en tren y
bici, nos las había dejado Inés, y tuvimos la gran suerte de que fue
uno de los peores veranos, en lo que al tiempo se refiere, de los
últimos 20 años. Llovía a diario, algunos días a ratos, otros
continuamente. Para cruzar el prado en el que montamos nuestra tienda
había que sortear verdaderas lagunas. Digo que el tiempo fue una gran
suerte porque la mayor parte de las dos semanas que pasamos allí no
tuvimos que compartir el prado más que con una familia de agradables
holandeses. De los holandeses la más agradable de todas era la hija de
19 años que hacía honor a los estereotipos de nórdica despampanante.
Realmente eran gente muy maja, que tenían dos perros españoles. Se ve
que España está ganando fama en Holanda por sus exportaciones de perros
abandonados. Quizá sea un ramo de negocio a explotar. El caso es que
Emmy, la madre, me comentó su extrañeza por la costumbre española a
abandonar perros. Menos mal que las noticias de la corrupción e
ineptitud de nuestros políticos no parece haberles llegado, pues aparte
de lo de los perros, tenían una imagen bastante buena de España. Aunque
quizá simplemente fueron corteses y no quisieron avergonzarnos hablando
de política.
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