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viernes, 10 de agosto de 2012

Fragmento de carta a Gonzalo

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Volvimos a aguantar dos días antes de llegar por fin a un lugar donde nos sentimos a gusto en todos los sentidos, el cámping en una sierra llamada Eifel, a unos 80 km de Colonia. El viaje al cámping fue en tren y bici, nos las había dejado Inés, y tuvimos la gran suerte de que fue uno de los peores veranos, en lo que al tiempo se refiere, de los últimos 20 años. Llovía a diario, algunos días a ratos, otros continuamente. Para cruzar el prado en el que montamos nuestra tienda había que sortear verdaderas lagunas. Digo que el tiempo fue una gran suerte porque la mayor parte de las dos semanas que pasamos allí no tuvimos que compartir el prado más que con una familia de agradables holandeses. De los holandeses la más agradable de todas era la hija de 19 años que hacía honor a los estereotipos de nórdica despampanante. Realmente eran gente muy maja, que tenían dos perros españoles. Se ve que España está ganando fama en Holanda por sus exportaciones de perros abandonados. Quizá sea un ramo de negocio a explotar. El caso es que Emmy, la madre, me comentó su extrañeza por la costumbre española a abandonar perros. Menos mal que las noticias de la corrupción e ineptitud de nuestros políticos no parece haberles llegado, pues aparte de lo de los perros, tenían una imagen bastante buena de España. Aunque quizá simplemente fueron corteses y no quisieron avergonzarnos hablando de política.
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