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sábado, 24 de octubre de 2015

Jugando con los amigos


Me mostró una imagen, conduciendo al volante de un Porsche.

-Hostia, que chulo. - Pensé - Como mi Torrot.-

Mi Torrot era verde. Me sorprendió en las escaleras, en casa de los abuelos. En los pedales llevaba unos tacos de madera, porque mis piernas eran demasiado cortas todavía. Cuando la vi, no supe leer su nombre, debió ser el abuelo quien me lo dijo.

Las bicis se guardaban en el hueco que dejaban las escaleras en el sótano. Allí se amontonaban 4 o 5 de los niños vecinos. La mayoría eran BH plegables.

Durante algunos años no fui lo suficientemente fuerte para subirla a la planta baja. El edificio, de 4 plantas y protección oficial, no tenía ascensor y, aunque lo hubiera tenido, seguramente no hubiera alcanzado al botón. De todas formas, a los menores de 14 años, no les estaba permitido usar el ascensor desacompañados.
Eran chicos mayores que yo, los que me ayudaban a subir la bici.


En el jardín nos lo pasábamos en grande, volando sobre nuestros caballos de acero.

- Te lo pasarás bomba jugando con tus amigos – le dije.





P.D.
Por cierto, el abuelo, que me daba miedo y me rascaba la cara con su barba rasposa cada vez que me daba un beso, exclamaba, con voz ronca y curada por el humo de los cigarros, un torbellino de palabras ininteligible "mecauenlamarsalá".
Al cabo de bastantes años le comprendí.

viernes, 2 de octubre de 2015

Historia de un clic

Esto era un hombre que tenía muchas responsabilidades. Tenia un hijo, una pareja, amigos, un coche, cinco bicis, ahorros, propiedades, hasta tenía trabajo remunerado.

En fin, el hombre tenía todo lo necesario para vivir tranquilo y despreocupado. El problema era, que el hombre lo quería hacer todo muy bien, quería ser un buen profesional, un excelente padre, hacer feliz a su pareja y alguna cosa más.

Fue pasando el tiempo y él tenía la sensación de que no hacía nada bien, nada de lo que se había propuesto, que todo se quedaba a medias. Así, un día, cogió la estufa de butano, la metió en el baño, cerró la puerta, tapó con cinta de carrocero las rendijas, encendió la estufa, abrió el agua caliente y se tumbó en la ducha.

El hombre tenía cierta experiencia con los procesos de combustión. Sabía que en un recinto cerrado, una estufa encendida va consumiendo el oxígeno del aire y, al reducirse la concentración de oxígeno lo suficiente, se produce monóxido de carbono, un gas letal, causante de muchos accidentes mortales.

Tumbado bajo el agua caliente, el hombre esperaba, un minuto, dos minutos, tres minutos ...

Tras esperar aproximadamente cinco minutos, un apenas perceptible cambio en el aroma del aire que inhalaba, le hizo cerrar los ojos. Comenzó a sentir un ligero mareo y escuchó un clic. Siguió tumbado unos minutos, pero nada pasó. El hombre se levantó y vio que la estufa se había apagado. Había funcionado el mecanismo de seguridad que, al detectar una baja concentración de oxígeno, apaga la llama. Los mecanismos son objetos caprichosos, a menudo no funcionan cuando deben y funcionan cuando no deben.

El hombre se secó, vistió y reflexionó.

Algo no iba bien en su vida.

A pesar de tener todo lo necesario para vivir tranquilamente, le faltaba precisamente la tranquilidad. Llegó a una conclusión muy sencilla, se exigía demasiado, luchaba en demasiadas batallas.

A partir de ese día, redujo sus actividades a aquellas que le parecieron imprescindibles, procuró dormir ocho horas diarias y una siesta siempre que se presentara oportunidad, comer bien, apagar el ordenador a las seis de la tarde  y no volver a encenderlo hasta la mañana siguiente, salir cada día a dar un paseo, tomar menos café ...

Estas sencillas pautas lo acercaron mucho a la anhelada tranquilidad.

Además aceptó que existen cosas que no podía hacer todo lo bien que él quería, pero que haciéndolas más o menos bien, bastaba.